Como Boza por su Kasa

Fotografías por Antonio Andrés

A veces sale tan especial, tan íntimo, tan bonito, que da cosa contarlo. Tienta guardártelo como un secreto goloso, como el niño que esconde a sus compañeros de clase su último chicle, como esos lugares chulos de tu ciudad que sólo conoces tú y de los que no subes fotos a las redes sociales para protegerlos de la masificación y que sigan siendo tu lugar especial.

Gira en Kasas es el invento y la gran aventura del músico José Guijosa, que cansado de tener que conocer al contacto adecuado para poder tocar en tal sala o festival, quiso apañárselas solo y tuvo la loca e ingeniosa  idea de comenzar a llevar sus canciones a conciertos celebrados en casas a lo largo de toda la geografía mexicana, su país de origen. Patios, salones, terrazas, comedores, jardines, azoteas…  Lo que hoy es un gran proyecto que ha sido exportado a otros países, como España, nació de algo muy pequeñito pero con un gran fondo: la necesidad de libertad y supervivencia sin tener que renegar de ninguna de las dos en favor de la otra y, sobre todo, del amor por la música.

Así es como por culpa de José Guijosa, cuyo álter ego artístico responde al nombre de Kill Aniston (que ejerció de anfitrión abriendo el show con algunas de las canciones de sus últimos discos), en la tarde del pasado viernes, un pequeño grupo de personas fuimos a parar a la ubicación secreta de este concierto: el gran jardín con piscina de un chalet en medio del campo, en plena naturaleza. Una propuesta insuperable.

Libertad, supervivencia y amor por la música, podríamos decir, precisamente, que son las tres constantes vitales de Carmen Boza. Bajo un enorme olivo, en una alfombra sobre el césped, con un neón a espaldas del micrófono que se encendería con la caída del día, el escenario aguardaba preparado para la artista gaditana que salía a escena sin más compañía que la de su nueva guitarra acústica, una Luis Guerrero con un sonido increíble. Llegaba como quien pasea por la calle, sin prisa, sin saber muy bien a dónde va. Pero en cuánto agarra la guitarra,  un aura especial la cubre.

Bajo el brazo, aún calentitas, un nuevo puñado de canciones que vieron la luz de la calle el pasado mes de mayo. Las canciones de la Caja Negra, el último acto de fe de Carmen Boza, su segundo y más reciente disco, íntegramente escrito, producido y arreglado por ella.

Un disco sudado, sangrado y llorado, que no nació hasta su tercer parto. Después de haber quemado varias vidas y un viaje catártico en el que un par de producciones fueron abortadas, se dio cuenta de que el sendero estaba en casa y de que tenía que ser valiente y coger ella misma las riendas de las grabaciones. Este ejercicio de honestidad consigo misma y con su público, dio lugar a nueve canciones explosivas y complejas, con un sonido crudo y poderoso, llenas de desengaño, desesperación, pérdida, rupturas vitales, huidas, despedidas, deslocalización y desconexión emocional-espiritual y mantras para la supervivencia y la reconciliación con una misma. Tras una etapa de turbulencias que sirvió para soltar lastre y un largo período de introspección (su anterior disco, La mansión de los espejos, data de 2014) y con la notable influencia de libros como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, 1984 de George Orwell, Vivir,escribir de Annie Dillard y Vidas líquidas de Zyfmunt Bauman, salieron estos textos poéticos, pero estruendosos hasta el desgarro, que rozan la psicología, la filosofía y la sociología constantemente. Funk y R´n´B con toque jazzy y casi grunge mientras suenan afiladas verdades lapidarias y nihilistas sobre estos tiempos de posmodernidad y su posverdad imperante. Una arriesgada apuesta, una simbiosis que nunca se había producido en la música en español.

Por todo ello, el concierto comenzó con Intro, el punto de partida de la Caja Negra, las claves del por qué de estas canciones, el big bang por el que fueron creadas. “He llegado hasta aquí y no sé cómo seguir. No obstante, a continuación, aprovechó la ocasión de este concierto especial para abrir la puerta de La mansión de los espejos y sacar a bailar algunas canciones que no venía tocando últimamente. Culpa y castigo (la canción más cercana en cuanto a sonido del primer disco respecto a las de su sucesor), la esperada Octubre, la dulce y solitaria Nana Noir, la ternura de El Ejército, la tajante Desconocidos y la bluesera  La mansión de los espejos conformaron la primera parte del concierto. La versión más folk, cálida, suave y luminosa del repertorio de Boza.

Pero llegó el atardecer, y con la caída del sol de fondo, la segunda parte del concierto marcada por las nuevas canciones. Mucho más inflamable y madura. Canciones para los desterrados, llenas de garra. Se abrió la veda con Dámelo y Esparto, probablemente la canción que alcanza un nivel poético más alto; y Mantra, para levantar cabeza y callar nuestra mente cuando se convierte en el peor enemigo.

Carmen empuña la guitarra con la mirada del tigre sobre el escenario y se suceden los hipnóticos riffs y las pegajosas melodías cargadas de groove mientras sus dedos se van extendiendo como una araña en posiciones infernales abarcando hasta cuatro o cinco trastes de la guitarra. Suenan Astillas; La vida moderna, rock ácido existencial sobre los tiempos actuales y la batalla dicotómica entre el yo interior y exterior cediendo en virtud de una honestidad impía y la aceptación “sé sincera, eres como eres no como te gustaría ser”; Mentiras de verdad, la canción más jazzy y más antigua de la Caja Negra; y el final más funky posible, por todo lo alto, con Gran Hermano (alguien está velando por un muerto, alguien está velando por ti. Vigilándote. Como en 1984, no existe ningún tipo de privacidad ni intimidad, pero, sobre todo, no la hay para el juez más severo y cruel posible de todos tus actos y pensamientos: uno mismo.)

Carmen Boza es consciente de que en muchas de sus canciones se abre en canal. Pero el más acérrimo ansia de Carmen es ser honesta con su música, sumergirse en la selva oscura de las canciones y pelearse con ellas para ser mejor compositora, mejor guitarrista. Hacer mejores canciones sin dejarse embaucar por cantos de sirena. Metabolizar la oscuridad y convertirla en diamante. Porque la luz no existe sin la sombra, al igual que el faro es inútil si no existe oscuridad.

Era inevitable pedir más. Siempre queremos más. Y Carmen hizo un amago de despedida que no se consumaría hasta después de regalarnos como bis una versión pura y preciosa de Tangos de la sultana de Camarón. Un cierre de auténtico lujo para la velada de 43 Gira en Kasas en la noche sevillana.

Carmen Boza es uno de los mayores talentos artísticos de este país, con un estilo inconfundible, como guitarrista excepcional y con una calidad en los textos a la altura de muy pocos. Además, es una de las cantantes más destacadas de la actual y súper talentosa y diversa escena de mujeres artistas españolas a reivindicar: Rosalía, Silvia Pérez Cruz, María Arnal, Rozalén, Patricia Lázaro… y otras tantas.

La próxima oportunidad del público sevillano para disfrutar de su música será el 30 de noviembre, en la sala La Calle, donde actuará con su banda, en formato trío (guitarra, bajo, batería).

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