Carminho en el Lope de Vega, que el fado nos tome por sorpresa

Entrar en este verso como el viento/ que mueve sin propósito la arena,/como quien baila que se mueve apenas,/ por el mero placer del movimiento. Y que el fado nos tome por sorpresa. Por algún motivo metafísico y sin aparente lógica estos versos del uruguayo Jorge Drexler, de Que el soneto nos tome por sorpresa, aparecen por mi cabeza mientras estoy disfrutando del concierto de Carminho, pero con otro protagonista en lugar del soneto: el fado. Por qué no.

Es martes y el Teatro Lope de Vega está lleno hasta la bandera, se ha colgado el cartel de no hay entradas. En sus butacas hay, seguro, muchos amantes del fado. Incluso algunas celebridades futbolísticas portuguesas ocupan las primeras filas para gozar de su folklore esta noche. Pero seguro que también hay muchos curiosos musicales que han querido aprovechar que se subía el telón del Festival de Fado de Sevilla para respirar los aromas de la joya musical del país vecino. Y, en cualquiera de los casos, la cantante Carminho estaba a punto de ofrecer un concierto que iba a ampliar nuestra concepción dolorosa y sufrida del fado con otros matices expresivos más variopintos y lumínicos. Lo bastante como para dejarse llevar por los sonidos portugueses en esta inmersión de hora y media, y que el fado nos tomara por sorpresa.

La  acompañaba sobre el escenario el tradicional trío formado por Luis Guerreiro a la guitarra, Flavio Cardoso con la peculiar viola de fado, el melódico timbre que aporta ese acento característico del género, y José Marino de Freitas al contrabajo. Carminho, versátil y al mismo tiempo rigurosa, pese a su juventud, en el corte clásico del fado, iba impregnando con la luminosidad de su voz la melancólica solemnidad del género.

En  portuñol nos cuenta cómo en su Algarve natal no había ni una sola casa de fados, lo que no resultó una piedra en el camino, más bien todo lo contrario. Su madre (Teresa Siqueira) es cantante de fado y así, no tenía que desplazarse hasta las casas de fado para escucharlos, sino que eran éstos los que venían a su casa a tocar. La pequeña Carminho se crió entre los melismas de la saudade y los acordes marineros, y así nació una de las cantantes de fado con mayor proyección internacional, una gran renovadora de la tradición que desprende frescura y espontaneidad.

Fados de corte más intenso y convencional se intercalaban con otros menos previsibles de tono alegre y menudo. Con un sobrecogedor bis a capella y un guiño castizo con una graciosa incursión en el folklore andaluz, Carminho rendía a sus pies al Lope de Vega entregado con una ovación de esas palmas que sólo podemos dar en Andalucía.

Inicio de lujo para el Festival de Fado en el Lope de Vega que continuará con los conciertos de Misía (27 de noviembre) y Ricardo Ribeiro (11 de diciembre).

El fado es la forma que los portugueses tienen de traducir sus corazones, su alma. Durante todo el concierto, una palabra se ponía rebelde, en la traducción, en la boca de Carminho. La pena. O la pluma, que así es como se le llama en portugués. De ahí la confusión. Tal vez no sea simple casualidad; tal vez se le llame así porque los portugueses dejan volar sus penas al viento con el fado.

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