Poesía y flamenco se abrazan en la elegancia de Carmen Linares

Verso a verso fue Carmen Linares tejiendo de seda la noche en el Lope de Vega, uno de esos días en que el teatro luce repleto, brillante y festivo, y  que, para cuando su oscuridad saluda al artista que sale a escena, ya ha confirmado previamente que es uno de los lugares más hermosos de Sevilla.

En el flamenco más tradicional, el cantor trae los versos, las estrofas que conoce, que aprendió del aire. Y el toque, el acompañamiento, queda al servicio del cante. El cantaor se basta con conocer el tono y a partir de aquí, todo sucede, con respetuoso rigor científico de los palos. Después, llega alguien por cuyas venas fluye este rigor y rompe con él. Sabe cómo hacerlo. E incluso encuentra la poesía popular del flamenco en otras fuentes, en otras letras. O lo fusiona con otros ritmos, otros timbres, otras culturas. Lo importante es el espíritu misterioso que habita en los instantes, el que algunos artistas conocen. Cuando todo eso ocurría, Carmen Linares ya estaba allí. Y estaba siendo protagonista, como lo es hoy.

El vínculo de la tierra entre Carmen Linares y Miguel Hernández propició esa unión entre poesía y flamenco que se materializó en este espectáculo. Y no únicamente la tierra jiennense, de la que la cantaora es natural de nacimiento y el poeta estuvo tan estrechamente ligado a lo largo de su vida y de su obra, sino esas raíces que, tan diferentes, pueden llegar a cruzarse en lo más profundo. La poesía de Miguel Hernández y el flamenco de Linares. Ese arte, versos y cantes, de tierra, de raíz, del pueblo.

Con Para la libertad, por bulerías, musicalizada por el pianista Pablo Suárez, se abría el telón. Acompañaron a la cantaora, además del pianista, Salvador Gutiérrez y Eduardo Pacheco en guitarras, Josemi Garzón en el contrabajo, Karo Sampela en la percusión y Ana María González y Rosario Amador en las palmas y coros. Una formación que hizo lucir elegante la poesía con su intimista toque jazzístico. Por algo Muñoz Molina se refirió a Carmen Linares como una cantaora de jazz. Entre esos dos mundos, la artista emocionó con su voz rasgada, con fuerza y maestría, con una sensibilidad llena de sabiduría y tablas. Andaluces de Jaén, la Casilda del sediento (con la música de Luis Pastor) o las sobrecogedoras Todas las casas son ojos y Compañero (la versión de Morente), fueron algunas de las piezas elegidas para este repertorio que, tras la Canción de los Vendimiadores, se permitió el lujo de albergar en él a otros dos poetas geniales para cerrar la noche: Rafael Alberti (La Paloma) y Federico García Lorca (Anda jaleo).

Mención aparte merece la poderosa aparición estelar sobre el escenario de la bailaora Vanesa Aibar. Con su baile y su mantón volando por el aire, detuvo el tiempo unos instantes como no se para en los relojes. Esos mundos sutiles. Hay que tener raíces y alas.

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