Carla Morrison en Teatro Alameda: “Déjame llorar, Sevilla”

Carla Morrison

Fotografías por Le Petit Patte

La noche del 7 de septiembre empezaba a despedir esa ola de calor que tan asfixiados nos tenía a los habitantes de esta ciudad que volvía a ser habitada: Sevilla. Los chicos de Nocturama estrenaban un nuevo ciclo, esta vez en el Teatro Alameda, con Carla Morrison. Una propuesta un tanto arriesgada, debido a la suma de ola de calor más el elevado precio de la entrada.

Esta nueva sensación mejicana, desconocida por algunos y aclamada por otros tantos, atrajo a un público que en su mayoría sabía a lo que iba. Compatriotas y seguidores ocuparon los mejores puestos expectantes a su encuentro. Para los que era nuestra primera vez, íbamos a lo que parecía poder ser una noche más.

En el momento en el que se apagaron las luces, comenzó un juego de formas, giros vocales y  ritmos sugerentes que sorprendió a los allí presentes, gracias al derroche de voz y a una banda que sonó de manera impecable. Esta chica hace posible lo que para muchos parece imposible: pasar de la desgarrada melancolía a la sensualidad con un cante chamánico desgarrador.

Carla Morrison

Desde el principio nos enganchó con una propuesta rompedora y arriesgada. “Un beso”, tema principal de su último disco, fue la elegida para arrancar el concierto. Tras ésta cayeron “Eres tú” y “No vuelvo jamás”, canciones que, en general, suenan mucho mejor en directo que en disco. Esta primera parte culmina con un memorable e intenso “Azúcar moreno” capitaneado por una enérgica sección rítmica, que fue la que  llevó el peso del espectáculo.

Tras la presentación de los nuevos temas, tiró de su etapa anterior más acústica e intimista, destacando el momento en el que se queda sola al frente con su guitarra entonando una dulce canción de cuna (“Pajarito del amor”), así como cuando sentada en los escalones del escenario, nos susurra al oído ese “Disfruto” que culmina con ella tumbada cantando sobre el suelo como si de un rito ancestral se tratase.

Carla Morrison

Con “Maleza” o “Yo vivo para ti”, Carla pierde el ritmo del espectáculo, con demasiados monólogos autobiográficos, cayendo en un bucle melancólico únicamente salvado por su dulce voz y algún destello de humor.

Cuando todo parecía indicar, que después de tanto lamento, y habiendo abandonado el recinto algún que otro espectador hastiado de tanto desamor, las lágrimas de tristeza se tornan en alegría y fiesta colectiva (“Mi secreto”).

“Déjenme llorar” y sobre todo esa inteligente fusión de “Lágrimas” y “Yo sigo aquí” (con coros incluidos), hicieron levantar a todo el público que salió del recinto con una sonrisa y la sensación, de que a pesar de todo, había merecido la pena.

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