Carcajadas aseguradas con “Dos hombres solos sin punto com…ni ná” en el Teatro Quintero

El sábado 18 fue una noche agridulce en la ciudad de Sevilla. Dulce, porque la inminente llegada de la primavera hace presagiar que la mejor época de sol y festividades está a la vuelta de la esquina, y una excelente manera de darle la bienvenida es acudiendo al Teatro Quintero, en la céntrica calle Cuna, no a reír, sino a carcajearse mucho más allá de lo que se esperaba con la divertida comedia “Dos hombres solos sin punto com…ni ná”. Y triste, porque esta sería la última vez que veríamos la representación de esta genial obra escrita, producida, adaptada e interpretada por Manolo Medina y acompañado sobre las tablas por Javier Vallespín.

Atrás quedan, nada más y nada menos, que 17 años de esta producción, que se ha convertido en la más longeva comedia del panorama nacional, y que ha gozado del beneplácito de crítica y público en todas las plazas en las que ha levantado el telón. Madrid, Valencia, Sevilla, Palma de Mallorca, Bilbao o Málaga son algunos lugares donde el cartel de “no hay billetes” ha ondeado gracias a esta divertida comedia. Atrás quedan las más de 1.500 representaciones que esta obra ha tenido, cosechando éxito tras éxito, a lo largo de la península y más allá, con cerca de un millón de espectadores que aplauden más que satisfechos al término de la función.

Atrás quedan premios y reconocimientos como el que les ha otorgado el Teatro Alameda de Málaga, que bautizó con los nombres de los intérpretes las butacas número 1 y número 3 del graderío por las más de 500 representaciones llevadas a cabo sólo sobre ese memorable escenario. Cabe destacar el prestigioso Premio “Sancho Panza” que la Asociación del Humorismo Español (Ashumes), con socios de la talla de Bigote Arrocet, Manolo Rollo o Mary Carmen y sus muñecos, concedió a Manolo Medina y Javier Vallespín en reconocimiento a su esfuerzo para dignificar el humor.

Esta representación, que echó a andar en el año 2000 con motivo de la inauguración de un pub, ha repartido carcajadas allí por dónde ha pasado, y no solo ha hecho que más de uno salga divertido del teatro, sino también concienciado. La obra muestra la extraña convivencia entre dos amigos andaluces de cuarenta y tantos y cincuenta y cortos que se reparten los roles tradicionales de “amo de casa” y “trabajador”, pero la comedia surge por la vena “amanerada” de Manolo, un gracioso jerezano que se confiesa criado por mujeres y que, aunque no es homosexual, explica así el hecho de, a todas luces, parecerlo. Javi, por su parte, es más masculino, y le molesta las habladurías de los vecinos con respecto a la relación sentimental inexistente entre ambos compañeros de piso –y solo de piso-, por lo que intenta que su amigo muestre un carácter más viril para evitar los cuchicheos, los estereotipos y los prejuicios que, más de lo que admitimos, invaden nuestra sociedad.

Este es el planteamiento inicial de la obra, pero a los pocos minutos de empezar no es que rompan la cuarta pared, es que directamente la destrozan, haciendo al espectador partícipe de la función, y sorprendiéndole con lo implicado que acaba sintiéndose. Ambos personajes desarrollan sus respectivos monólogos en los que, a primera vista, parece no haber más que intención de diversión, pero que realmente esconden un gran trabajo de guion en aras del humor. Mientras el monologo de Javi está cargado de humor inteligente, de razonamiento llevado al absurdo, de la cómica realidad en la que algunas veces se desenvuelven nuestras modernas vidas, el de Manolo es una hilarante cadena de tópicos que todo el que tenga una pura abuela andaluza reconocerá al instante, y disfrutara recordando los tiempos pasados en compañía de tan enigmáticos seres como son las señoras mayores de nuestra comunidad.

A la mitad de la obra, el espectador ya está entregado, festejando, riendo y acompañando a los personajes, respondiendo a sus comentarios y sornas, a sus bromas y clichés, y retorna a una edad infantil en la que el más modesto teatro de marionetas te volvía loco y absorto del resto de la realidad, algo que sólo el teatro, el buen teatro, logra conseguir en espectadores adultos. La participación de los espectadores y la gran capacidad de improvisación de Manolo Medina y Javier Vallespín se dan la mano hasta el punto de que algunos afortunados –involuntarios y avergonzados, eso sí- suben a las tablas y comparten una amena charla con los personajes, sometidos a sus simpáticos chascarrillos y al aplauso del resto del graderío.

Y es con aplausos como termina esta obra, con un público que celebra la fortuna de poder acudir a esta última representación de la obra en la ciudad hispalense y que da la bienvenida a la primavera con el corazón henchido de alegría, de buenas sensaciones y de “buen rollo”. Un gran regalo del Día del Padre para muchos, y una manera ideal de dar la bienvenida a la estación en la que Sevilla despliega lo mejor de sí, para todos.

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