El artista de Octubre: Iván Ferreiro

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Fotografías promocionales por Wilma Lorenzo

Es delicioso asistir a la transformación continua que el tiempo y sus circunstancias ejercen sobre el trabajo de Iván Ferreiro. Contemplar cómo los devenires de la vida moldean sus composiciones y alteran la forma en que se muestra a través de la música. Tres años después de aquel soberbio “Val Miñor-Madrid: Historia y cronología del mundo”, al que nos enganchamos como yonkis emocionales, llega “CASA”. Una nueva acometida de la marea gallega que no cesa. Doce cortes eclécticos que se gestaron en Gondomar con la redención, la reinvención y la perspectiva como denominadores comunes.

Bajo la producción de Ricky Falkner, su séptimo álbum en solitario parte, como se ha dicho hasta la saciedad, de una ruptura sentimental. El trasfondo se aprecia fácilmente apenas al primer vistazo. Un cambio en los planos de la vida (en todos) que, pese a lo jodido, le ha sentado de maravilla. Ferreiro ha logrado hacer del pozo negro del abandono una amplia habitación con vistas.

No busquen frases lapidarias de Coelho, ni moralinas superfluas entre sus letras. “CASA”, de casi una hora de duración, refleja lo esencial, lo que de verdad importa -sea bueno o malo- y lo muestra tal y como es. Un recorrido con altibajos por las etapas del duelo -negación, ira, negociación, depresión y aceptación- del que extraer que el poder de la palabra es curativo y, envuelto en música, resulta aún más liberador.

004_color“Casa, ahora vivo aquí” es la mejor bienvenida de este trabajo sereno y sincero. Una suerte de manual de instrucciones para relativizar las “zozobras” del corazón escrito a modo de melodía vitalista con arreglos excelentes. La nueva morada de Iván reposa bajo las estrellas que componen “Laniakea”, el supercúmulo de galaxias al que pertenece la Vía Láctea, que también da nombre a una de las canciones más potentes e imagen a la portada del disco. Una constelación remota repleta de recuerdos a la que, pese a la tentación, uno sólo puede permitirse viajar cuando la herida ya está casi cerrada. Ese “mirar atrás” que permite divisar el horizonte y que convierte el final del tema en una victoria donde el tiempo siempre es aliado.

Puertas abiertas desde el principio para “Farsante”, uno de los cortes más impactantes del disco. Leiva aportó el solar y en sus terrenos se construyó este obelisco a la libertad, la protagonista del corte y la última palabra que escuchamos al final. Acompañado del piano, Ferreiro es demoledor. Verdad y crudeza; carne viva expuesta al aire entre palabras cuidadosamente escogidas. Sin duda, todos somos unos farsantes y ya era hora de admitirlo.

Algunos anteriormente ya se preguntaron dónde va el amor cuando se acaba. El lugar en el que probablemente habite toma aquí la forma de “Los restos del amor”. Mecidos por su vaivén (uno casi puede imaginar a Iván bailando como acostumbra en los pasajes instrumentales) letra y melodía son uno.  El bucle de pop espacial se refuerza con la aportación de Martí Perarnau (Mucho), otro de los compañeros que dan estabilidad a la estructura.  Y es que “CASA” es también un lugar en el que la amistad tiene derecho de pernada. “La otra mitad” es un otro ejemplo. Una canción sencilla en pos del entendimiento, cuyo contenido es más fácil de escuchar que de poner en práctica: “si quieres conservar nuestra amistad, cuida tu mitad”.

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En el cielo del paisaje que enmarca la “CASA” destaca “Tupolev” como uno de sus mejores activos. Pocos consiguen comparar una empresa aeronáutica rusa con el fin del amor. A bordo de una aeronave suicida que sobrevive en medio del océano, en plena guerra fría, nuestro protagonista aún ha de sentarse a firmar el tratado de paz. La atmósfera catastrófica destila el mismo vinagre que debió correr por aquel “Río Alquitrán”. Ojo que el último corte no te pille con la guardia baja. De nuevo Iván el piano haciendo de las suyas y dando pie a una instrumentación exquisita, dejando la balada más sentida como moraleja metafísica de todo el trabajo. Agua pasada.

“El pensamiento circular” es puro Ferreiro. El primer adelanto del disco tiene la forma de un bucle íntimo y redundante. De esos cortes que uno comienza escuchando bajito para acabar disfrutando a todo volumen. El oso blanco de Dostoyevski que hay en cada uno de nosotros y que enseña a no esforzarnos por olvidar lo que no queremos recordar. A no volver a chapotear en “Todas esas cosas buenas” que, pese a todo, siguen siendo buenas. Aunque se presente como el soniquete infantil de una caja de música, esta inocente melodía encierra un inventario de desesperación asumida y aceptada que, contra todo pronóstico, resulta tranquilizadora. Al fin y al cabo, hay que volver a darle la razón a los amigos cuando dicen aquello de que “la muerte es lo único que no tiene solución”. Otra para cantar a toda voz.

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Todos hemos de aferrarnos a algo y la música como doctrina es un gran plan después de todo. Fieles creyentes nosotros, pues, en esos “Dioses de la distorsión” que, en forma de canción íntima y sideral, ejercen cuidados paliativos con un simple pero magnífico riff de guitarra. Un corte poderoso y meditabundo en el que no cuesta perderse. La disonancia se muestra en todo su esplendor en “Dies Israe” (Día de la ira, para los que no estudiaron latín). Una suerte de Dr. Jekyll y Mr. Hyde cantando por turnos, divididos entre rock y pop, haciendo de la canción una auténtica montaña rusa. El toque electrónico (sí, electrónico) lo aporta la impronunciable y adictiva “El viaje a Dondenosabidusientan”. El sinuoso contratiempo induce a una oscuridad palpitante, dándole forma a un pensamiento tan perturbador como compartido “¿Con quién estarás, qué harás por ahí?”.

Disculpen la longitud del texto pero este es, en definitiva, un álbum de dioses y de hombres. Un trabajo que, mientras más se exprime, más aristas exhibe. Si bien es cierto que la primera escucha suscita interés de forma inmediata, son las revisiones posteriores las que permiten afirmar que es uno de los discos mejor construidos de la carrera en solitario de Ferreiro. Emplazado en un lugar privilegiado, “CASA” invita a entrar y a desnudarse, fabricando la guarida perfecta para lamerse las heridas de la batalla diaria en la que se ha convertido la vida.

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