Battles en el Auditorio Box. Dando guerra

Fotografías por Le Petit Patte

Si no fuera porque estábamos en medio del páramo de la Cartuja, el interior del Auditorio Box podría haber pasado por la Casa da Música de Oporto. Lo que en su tiempo fue el cine más populoso del mundo -en el que se proyectaba un vídeo promocional de Canadá- se ha convertido, tras resurgir de entre toneladas de desidia, en un soberbio espacio donde degustar la cada vez más sugerente oferta musical de esta bendita ciudad, aspirando a convertirse, con permiso de su vecino el Central,  en un referente en lo que a programación singular se refiere.

Su temporada se abrió con un esperadísimo concierto de Battles, banda que no pisaba nuestro país desde hacía bastante tiempo. Tal vez sea de lo más natural intentar clasificar su música a través de otras influencias, pero admitámoslo. Aunque el proceso sea tremendamente didáctico cuando se trata de una primera vez, en el caso de Battles, también será infructuoso. Los tagueadores -permítaseme el término- los meterán en el cajón del rock matemático, y los experimentados, a falta de un término mejor, dirán que la ausencia de la voz de Tyonday Braxton ha terminado por alejarlos de propuestas tan edulcoradas como las de Deerhoof o Animal Collective. Mi consejo –si sirve de algo- es que te olvides de todo lo aprendido y te sientes a saborear uno de los directos más sorprendentes que vas a ver en tu vida. Porque sí, en el Box se escucha- y muy bien- sentado.

El primero en aparecer, Dave Konopcka, sentó la base sobre la que construir un concierto en tres tiempos. Ataviado con una SG y armado con una pedalera infinita, creó varios loops sobre los que Ian Williams trabajó desde su Ableton, a partir de un fraseo de guitarra irreconocible pero que mantuvo cierto aspecto analógico en su repetición oscilante. La cuestión es que no todo queda en manos de la electrónica. En absoluto. Las ideas parten de un principio básico modulado por la parafernalia, sí, pero surgidas desde la materia gris de estos tres músicos geniales. El encargado de aportar el músculo a esta sinfonía de repeticiones fue John Stanier, armado por un set de batería tan singular como eficaz y cosiendo con una pegada visceralmente primitiva las propuestas melódicas de sus compañeros.

Puestos a hacer analogías, la representación bien podría asemejarse a una suerte de jazz 5.0, donde el aparente caos es una invitación constante a descubrir qué demonios está pasando por las cabezas de estos tipos. Toda esta historia estuvo escrita a partir de un lenguaje universal pero revisado, donde lo familiar residió en la caja de la batería y lo extraño, que casi siempre es lo más sugerente, se quedó en el producto de los bits, planteados como ley “básica” sobre la que instaurar esa aparente anarquía.

Vencidos ciertos problemas técnicos, no tardaron en aparecer viejos conocidos. “Atlas”, de su aclamado Mirrored, se celebró con euforia colectiva, más cercana al espasmo bailable que a la quietud de un supuesto oyente sedentario. Llegado el momento en que la camisa de Stainer, tiempo atrás impoluta, quedaba ya totalmente empapada tras infinitos baquetazos a lo más alto de su crash, la repetición compulsiva planteada por “Ice Cream” fue apuntalando un setlist plagado de las ideas que han confeccionado su último largo, La Di Da Di, donde la parte vocal del ausente Tyonday fue sustituida por la programación del Echoplex.

Así que, tras hora y media de concierto en el que nos debatimos entre permanecer sentados o invadir el escenario para aupar a Steiner, nos despedimos de los neoyorkinos con “The Yabba”, el corté quizá más visceral, potente y persuasivo que habrán vivido estos renovados muros. Unos muros que, como Battles, resultaron ser una firme revelación de lo sugerente que puede ser un futuro cuando se marca la diferencia.

Sevilla, 16 de Septiembre de 2016.. Auditorio Box

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