Andrés Calamaro y el destino del canto

Fotografías de Antonio Andrés Arispón Paco

“Nada resulta superior al destino del canto […] La luz que alumbra el corazón del artista es una lámpara milagrosa que el pueblo usa para encontrar la belleza en el camino, la soledad, el miedo, el amor y la muerte”. En actuales tiempos de cierta siniestra inquisición prohibicionista, aún no es necesario tener Licencia para cantar (¿o sí…?), como se ha bautizado esta gira, que bien podría haberse llamado también El destino del canto, como rezan estos versos de Atahualpa Yupanqui.

Nada resulta superior al destino del canto. El canto quiere ser luz. Buscar las buenas sensaciones, la fusión emocional de artista y  público, encontrar el duende que definía Lorca como la elevación,  la magia, la elegancia, un éxtasis casi religioso.

Andrés Calamaro no perdió su amor al canto, ni su voz como cantor. De hecho, la garganta con arena, espíritu sedentario con cuerpo y vida nómada de payador, pasa por uno de sus mejores momentos. Lo muestra, sublime y evidente, en este formato desnudo, íntimo, sutil y profundo; con unos compañeros de cuadrilla de etiqueta negra, Martín Bruhn en percusiones, Toño Miguel en contrabajo y Germán Wiedemer en piano.

Entre los fantasmas arquitectónicos del barrio zombi naciente de la Expo 92, sobre los que ácida y certeramente bromeó el artista argentino, Calamaro desplegó una navaja con todas las hojas abiertas: un rico repertorio de tangos, folklore argentino y sus propios himnos, en clave de bolero y compás.

La Libertad”, con un enlace final a versos de “De mi esperanza”, de Jorge Cafrune, era la primera canción del concierto, sonando ceremoniosa en el sevillano Centro Andaluz de Arte Contemporáneo; seguida de la coreada “Estadio Azteca” (en la que pudimos escuchar en la melódica negra las notas de Last Tango in Paris) y “Algo Contigo”, tres canciones que había grabado junto a Javier Limón en el glorioso disco El Cantante. Sólo tres canciones que bastaron para evidenciar la comunión entre el artista y el público, ambos fielmente entregados desde el inicio.

Bohemio e inspirado continuó con “Crímenes Perfectos”, “Ansia en Plaza Francia” (deliciosamente jazzy), la mancuerna formada entre la rodríguez 7 Segundos” y” El día que me quieras” (Gardel/Le Pera). Escuchó Sevilla en respetuoso silencio como Calamaro entregaba el alma con “Garúa” (Troilo/Cadícamo) y cantaba, solemne y narrativo, “Milonga del Trovador” (Piazzolla/Horacio Ferrer), en un momento mágico de rumores rioplatenses y luces de arrabal.

Entre tanto, las harmónicas iban y venían de las manos del cantante, los comentarios entre canción y canción hacían honor a su condición prolífica verbal de argentino: muy lúcidos y con buenas dosis de humor, con momentos culinarios cordobeses (de la Córdoba argentina, originaria de Martín Bruhn); memorias y experiencias andaluzas, como sus últimos conciertos en la Custom, su primer concierto en Córdoba (ahora sí, la andaluza) en compañía del desaparecido Manolo Tena o sus días taurinos con Gerardo Ortega y su admirado amigo Morante de la Puebla.

Calamaro recuperó “Cuando te conocí”, que no había sido interpretada en directo jamás hasta esta gira; brindó, con tequila, a la bohemia sevillana, a Jesús Quintero y la memoria del rockero Silvio, “La Copa Rota”, el tango “Soledad” y “Los Aviones”. Vivimos un nuevo paso gourmet en la evolución de “Tuyo Siempre”, que nació como un reggae, luego fue cumbia y ahora es un maravilloso bolero acelerado. “Ok perdón” y la romántica “Soy tuyo” precedieron a una versión muy diferente de “Carnaval de Brasil”, tremenda, con un despliegue vocal-cantoral apoteósico. Brilló Wiedemer, grana y oro en las yemas de los dedos, en “Para no olvidar” (notándose en el acompañamiento de palmas con solera que estábamos a orillas del Guadalquivir).

Gran concierto de lujo, impecable,  majestuoso. Con el público aplaudiendo de pie antes de que acabara el concierto, e instintivamente acercándose al escenario para ver más cerca al genio de lámpara cantar “Flaca” y “Paloma”, y celebrando los bises. Hasta dos veces volvieron los músicos a sus puestos. En la primera ocasión nos deleitaron con “Nueva zamba para mi tierra”, de Litto Nebbia, y “Mi enfermedad”.  En la segunda ocasión, la que resultaría la despedida, Calamaro firmaba con honores toreros su salida por la puerta grande. Dedicaba sus dos canciones más taurinas a Morante y Curro Romero: “Media Verónica” y “El tercio de los sueños”.

Así, parece que la fiesta terminó. Con la algarabía final de la ranchera (¡todos los conciertos deberían acabar con una ranchera!) y el último extasiado y generoso aplauso (sobradamente merecido) del entregado público a los artistas, que derrocharon clase e inspiración en una fantástica noche, con un Calamaro grandioso que cantó mirando a los ojos de la eternidad.

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