40 años de paz, o cómo empezar a cerrar heridas

Es verano, y el aire adormecido que deambula a duras penas por España nos induce al letargo, donde nuestros movimientos pesan demasiado para permitirnos avanzar. Así comienza 40 años de paz, en un escenario casi hecho trizas en torno a una piscina, que hace las veces de vertedero, y, como tal, va a ser la escena de las historias de una familia que se hunde en un pasado abandonado, pero del que ninguno podemos escapar.

La obra nos va presentando a cuatro personajes principales: Julieta (la sobresaliente Fernanda Orazi), mujer franquista y melancólica, y sus tres hijos Ángel (Emilio Tomé), el hijo pequeño, poeta fracasado; Natalia (Ana Alonso), actriz frustrada; y Ricardo (Francisco Reyes), el primogénito, abogado sin escrúpulos. La familia, caracterizada por un fuerte amor-odio, está determinada por la muerte del padre, un general fascista, que murió feliz, totalmente seguro de las ideas que marcaban su vida. Los hijos, sin embargo, son infelices: la auto-consciencia les priva de unos principios claros como guía. Cuatro actores que interpretan a 20 personajes, por una trama que hila episodios de la vida de todos ellos, siempre con miras al pasado, no tan lejano, que definía España. Un pasado que es inevitable que les afecte, pues se construye en el silencio que oprime, que no deja cerrar las heridas, que no permite que se aprenda de él.

Pablo Remón, el director, que nos deleitó con un breve coloquio al terminar la representación, ofrece un texto vibrante, cediendo el testigo a los actores, los que terminan de desarrollar y definir a los personajes, que se desdoblan a su vez en secundarios y en narradores. Estas voces-conciencia rompen la cuarta pared para acercar al espectador a los sueños, pensamientos y miedos de los miembros de esta familia. Como cronistas parecen sentir más, expresar más, como si la narración fuese más consciente que los propios protagonistas, que deambulan perdidos. Junto con la iluminación, definen las escenas, describiéndolas, situándonos. A su vez, recae sobre el espectador la necesidad de establecer una relación con los personajes. El teatro nos hace pensar(nos), porque en uno mismo empieza el cambio. Igual que el relato nos hace mirar un mismo acontecimiento desde distintos puntos de vista, el espectador tiene que beber de las ideas que sugiere el texto y desglosarlas para llenarlas de nuevas percepciones. Para esto, el humor es también un tema recurrente, generando un conflicto interno, pues nos provoca la risa por sucesos que muestran el lado cruel de la realidad. “La obra es de estos actores, y ahora espero que vuestra”, nos apela Remón, buscando con ella descolocarnos, sacarnos de los límites de nuestra tranquila y segura rutina, con elementos en principio contrapuestos, como introduciendo la música de AC DC o Kim Carnes. Quien conozca el teatro de Juan Mayorga no podrá evitar ver las similitudes entre ambos directores, – y quien no lo conozca puede empezar por su obra El Cartógrafo, que viene a Sevilla en diciembre-.

El argumento, circular, nos habla sobre el franquismo, visto por aquellos que no lo vivieron. Remón estaba inmerso en la creación de otro texto en 2015, cuando fue consciente de que ese año, el mismo en el que él cumplía 40, se hacían cuatro décadas de la muerte de Franco. No pudo resistirse: “me di cuenta de que era algo de lo que no se podía escapar”, contó a los espectadores, “pensé que la democracia que estamos viviendo está sufriendo la crisis de los años 40, de la mediana edad”. Sin embargo, no se nos muestra como tema, sino como hilo conductor: “a veces modificamos nuestros recuerdos para crear un relato diferente”, afirma el psicólogo de Natalia, como metáfora de la vieja España. Al final, la obra habla de nosotros, de nuestra historia y de nuestras guerras: «mi abuelo luchó en la guerra civil, pero nunca tuvo que hablar con Orange por teléfono: no sé qué guerra estamos peleando los de mi generación», reirá Remón.

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